La autonomía es esa cosa que nos dicen que hay que fomentar en los niños para fortalecer su autoestima pero, llegado el momento, ¿cómo se hace eso? En este artículo Mamen Sánchez y Ana Richart, responsables de los campamentos, nos cuentan con ejemplos concretos cómo la impulsan a través de las actividades de verano con los peques.

Todo el año madrugando, siguiendo un horario rígido, haciendo constantemente lo que otras personas te dicen que tienes que hacer,…, ¿no te agotas solo de leerlo? Pues eso les pasa a los peques después de todo el curso escolar. En los campamentos les ofrecemos un espacio donde sentirse libres, jugar a lo que les apetezca y cuando les apetezca.

¿Significa esto que hacen lo que sea que se les antoje? No, lo que significa es que diseñamos un guion con las actividades queremos proponerles. Un guión que sabemos que nos vamos a saltar según las demandas de cada grupo: los hay súper motivados con la escalada, otros que prefieren los juegos en equipo… Nosotras preparamos el espacio y el material y seguimos el ritmo de los niños. Y para eso es fundamental tener profesores con formación pedagógica aunque el principio que seguimos es muy básico: tratamos a los niños como nos gustaría que nos trataran a nosotras.

Fomentar la autonomía de los pequeños significa que ganan seguridad, que aprenden a cuidar de ellos mismos, que se sienten capaces de superarse. Ese es uno de nuestros objetivos fundamentales y la escalada es una poderosa herramienta con la que jugamos.

Escalar te da súper poderes: el de resolver problemas que te parecían imposibles, el de hacer súper amigos,… Está por comprobar si da también visión de rayos X.

 

Para no perdernos en un montón de referencias pedagógicas, os queremos contar, a través de ejemplos reales, cómo impulsamos la autonomía de los peques que vienen a los campamentos con nosotros.

Entorno seguro: ¿dónde está el baño?

Este es el principio fundamental. El primer día de campamento les enseñamos todas las instalaciones, desde el boulder hasta La Cantina, los baños o la sala donde comemos. De esta manera se hacen un mapa mental, se enteran de lo que vamos a hacer y a qué personas pueden recurrir si necesitan ayuda (¡las de camiseta azul!). Crear un espacio seguro es vital para que puedan desarrollar esa autonomía de la que hablamos. Si un niño quiere ir al baño, no tiene que preguntarnos dónde está –y por supuesto no necesita pedir permiso–. Conoce su entorno y sabe en qué límites se mueve.

¿Qué más hacemos? Cuando tenemos grupos más grandes o heterogéneos, dibujamos un mural con las normas de convivencia entre todos. Es habitual que los peques propongan las normas en negativo, ¡al fin y al cabo los mayores andamos todo el día con el no en la boca! No corras, no grites, no cojas eso, no digas lo otro…

En este cartel escribimos todo en positivo: en lugar decir “No se grita”, escribimos “Hablamos bajito” y acordamos que en la sala de boulder caminamos en lugar de prohibir correr. Para ellos –y para cualquier ser humano– es más agradable saber lo que sí pueden hacer en lugar de lo que no y además comprenden mejor qué esperamos de ellos.

Cuando las normas están escritas en positivo, los peques tienen más claro qué esperamos de ellos.

 

Juegos: pocas normas y claras

Nos gusta mucho proponer diferentes actividades para que cada peque decida el orden en que las realiza –si prefiere primero pintar o escalar– o en cuáles quiere participar. Decidimos poner pocos límites y muy claros. Un básico clásico: tratar con cuidado a uno mismo, a los compañeros y el material que estemos utilizando.

Solemos escoger juegos colaborativos –los competitivos o eliminativos suelen generar frustración y enfado– y dejamos que la actividad se desarrolle observando más que interviniendo. Si les dirigimos constantemente para hacer las cosas “bien” estamos cortando su forma de expresarse y les hacemos dependientes de nuestras indicaciones.

Da un poco de vértigo dejarles hacer –nuestras mentes adultas rápidamente imaginan incendios, peluches destripados o llantos a lo death metal– pero, si confiamos, nos damos cuenta de que los enanos disfrutan haciéndolo a su manera y, generalmente, no ocurre nada que no tenga arreglo. Si hay un conflicto, lo resolvemos con ellos y podemos decir que, en cinco años de campamentos, nunca hemos tenido que recurrir a un castigo.

Vestirse: a su ritmo

Los peques aprenden a ponerse el arnés ellos mismos desde el primer día. Los responsables se lo revisamos o les ayudamos en caso de que tengan dudas pero, saber que son responsables de ajustarse su propio material, les da seguridad –y luego pueden mostrar sus nuevas habilidades si vuelven a escalar–.

Otra cosa que hacemos es respetar su ritmo a la hora de vestirse o ponerse las zapatillas: no les metemos prisa ni tratamos de hacerlo por ellos. ¡A los adultos también nos estresa que nos achuchen cada vez que llevamos a cabo una tarea!

Crear: lo que importa es el proceso

Cuando hacemos manualidades tratamos de emplear, siempre que nos es posible, materiales reciclados y poco estructurados (los rollos de papel higiénico son un buen ejemplo por lo versátiles que resultan: con ellos podemos hacer desde una marioneta a un cohete). Pero más allá de eso lo que nos importa es el proceso de creación.

Ni bonito ni feo, lo que importa de crear algo es disfrutar de ello.

 

Igual que mientras escalan no nos centramos en si lo han hecho bien o mal, sino que les preguntamos sobre su experiencia escalando, cuando sugerimos una manualidad lo que nos interesa es su propio proceso creativo. Dejamos a su alcance todo tipo de materiales y pinturas para que ellos los empleen como prefieran y no les decimos si les ha quedado bonito o feo, lo que les preguntamos es si se lo han pasado bien, si han disfrutado de la actividad.

Además, los propios peques son responsables de recoger el material que han empleado y devolverlo igual que lo han recibido.

Comida: los aviones, solo de papel

Este es uno de los aspectos que más ha cambiado debido a las condiciones sanitarias, porque habitualmente eran los peques los encargados de poner y recoger la mesa.

A pesar de eso, seguimos potenciando su autonomía dejando que sean ellos quienes decidan cuánto y cómo comer. Jamás hacemos eso del avioncito (algunos están tan grandes que nos mirarían raro si lo hiciéramos) ni nos inventamos excusas para que coman más, confiamos en que saben lo que sus cuerpos necesitan.

En los desayunos pueden elegir qué quieren comer y adaptamos, en la medida de nuestras posibilidades, las cantidades: si quieren solo media manzana, se la partimos, pero les pedimos que sean responsables y cuidadosos con la comida, para no tirar nada.

Actividades infantiles y juveniles para el verano

Campamento infantil y días sin cole: de 5 a 11 años.
Campamento juvenil: de 12 a 16 años.
Curso de iniciación joven: de 17 a 25 años.

Del 23 de junio al 8 de septiembre.

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