Íbamos de camino a Entrepeñas tonteando con la idea de estar embarazada. ¿Te imaginas?, decíamos mirándonos de reojo entre risas nerviosas. Aquel fue un buen día de escalada. Me di varios pasos que me asustaban y nos echamos unas cuantas risas. Y sin embargo ya traté de no darme ningún vuelo, ¿y si de verdad estaba embarazada? Recuerdo estar muy motivada escalando, con ganas de viajar y probar nuevas vías. No tenía ni idea de cómo el embarazo y la escalada me iban a afectar.

Durante el embarazo, siempre te dicen que los niños vienen con un pan debajo del brazo y, en este caso, mi hija anunció su llegada con una panadería entera: el día antes de hacerme la prueba de embarazo me ofrecieron comenzar a trabajar en la recepción de Sputnik. Todo eso la noche antes de Reyes. Amiga, ¡eso era empezar el año con buen pie! No lo dudé. Poder trabajar en el mundo de la escalada, aquello que amo, me parece un regalo.

Atravesé las puertas del Sputnik con los ojos haciendo chiribitas y a la vez con la duda de hasta dónde podría llegar ahora que se había confirmado que una criatura venía en camino. Ya había estado en Orihuela y en la Pedriza haciendo largos y la conclusión que había sacado era la siguiente: no tenía ninguna gana de exponerme al miedo de una posible caída -y el estrés que eso pudiera producirme- ni a sus posibles consecuencias físicas. Así que la primera decisión que tomé fue dejar de escalar de primera. Los primeros meses el arnés de cintura no fue un problema y teniendo autoaseguros en el roco no me corté nada. Eso sí, el cuerpo me pedía escalar dentro de mi grado y evitar desplomes.

Oh, Dios mío, una embarazada escalando

Cuando estaba escalando, ya fuera en el roco o en la roca, mucha gente me preguntaba por los meses que llevaba de gestación. Ese asombro significaba para mí que muchas mujeres dejaban de escalar durante el embarazo. Cuando se trata de un embarazo de riesgo, la decisión parece evidente pero, ¿existe una presión social que invita a las mujeres a dejar la actividad deportiva que siempre han desarrollado? Porque pronto aprendí que, aunque traten de hacerlos desde el cuidado, muchos comentarios infunden miedo en lugar de confianza y ese no es buen lugar para tomar ninguna decisión.

Pronto empecé a seleccionar a quién le contaba que estaba escalando. Quienes me conocen comprendían como algo natural que siguiera con ello, ¡si me hubiera quedado quieta hecho entonces sí me habría subido por las paredes! Estaba teniendo un embarazo suave como la seda y atendía los límites que me pedía mi cuerpo. Sin embargo, cada vez que pasaba una revisión médica o hablaba con un profano en el deporte y me preguntaban qué deportes practicaba,… ¡Oh, dios mío! ¡Insensata! ¡Estás poniendo a tu criatura en peligro! Sencillamente dejé de decirles que escalaba.

Recuerdo que un día hablando con una chica del roco, también embarazada, me relató cómo en una tienda de montaña se habían negado a venderle un arnés integral aduciendo que velaban por su salud. ¿Se imaginan a un vendedor diciéndole a la clientela, no le vendo estos crampones porque, visto lo visto, se va usted a despeñar por ese nevero que pretende atravesar? No, ¿verdad? Desde aquí os animo a que una barriga no os nuble la visión. Detrás de esa redondez hay una mujer que se conoce y sabe cuidarse. Así que ¡dejadla escalar -o lo que ella quiera- en libertad! Y no la tratéis como a una niña.

Vanlife y embarazo

Cuando mi vientre comenzó a tomar una curvatura innegable una amiga me prestó un arnés integral. No era lo más cómodo cuando me descendían de la vía o recuperaba las cintas pero desde luego dejaba mi barriga libre de presiones. Y preñada de casi seis meses cargamos la furgoneta y nos fuimos diez días de viaje a Cerdeña, a trepar todo lo trepable.

Mi chico y yo repartíamos la carga a partes iguales: yo la panza y él todo lo demás. Escalamos en un granito que se deshacía junto al mar, hicimos una preciosa línea de largos en la Poltrona y nos costó separarnos de la caliza pinchuda de Punta Flavia. Podía advertir cómo la tripa me obligaba a cambiar mi forma de moverme, separando la cadera de la pared para no rozarme el vientre y evitando pasos muy altos. Todo se adaptaba de una manera espontánea.

Cuando no podía salir a roca aprovechaba el rocódromo para moverme. Escogía vías muy fáciles y las trepaba y destrepaba. Me apetecía conservar la gestualidad, permitir a mi cuerpo hacer eso que de tan buen humor me pone, sentir la fuerza de mis extremidades. Estoy convencida de que si no hubiera escalado mi embarazo no hubiera sido tan bueno.

Continué escalando hasta los siete meses y medio y porque tuve que devolver el arnés. Lo que si me preguntaba de tanto en tanto es cómo iba a ser retomar la escalada de primera. ¿Me moriría del susto al verme sin la protección del tope rope o es posible que después del parto adquiriera algún tipo de súper poder? Pero eso… eso os lo cuento en otra historia.

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