Escalar va mucho más allá de encadenar vías o bloques y, aunque en el muro todos nos enfrentamos a los mismos retos, no siempre nos encontramos con las mismas expectativas. Los estereotipos de género, los comentarios sobre el físico o los prejuicios sobre nuestras capacidades también forman parte del mundo de la escalada (a veces de forma inconsciente).
Camila Chia es escaladora y psicóloga deportiva especializada en escalada. En su carrera ha trabajado con perfiles de todos los niveles, desde iniciación hasta alto rendimiento. También se dedica a la investigación sobre la sexualización y el sexismo dentro de la escalada, y a la difusión de su trabajo en redes sociales y publicaciones en medios especializados como Desnivel (y ahora también en El Cohete Sputnik).
Precisamente, nosotros llegamos a ella a través de una publicación en redes sociales relacionada con su “Manual de escalada segura e inclusiva”. Nos pusimos en contacto con ella para que, desde su experiencia profesional, nos arrojara un poco de luz sobre estas situaciones y que nos diera pistas sobre cómo podemos, como comunidad, construir un espacio más seguro y cómodo para quienes formamos parte.
“Tras años como escaladora, he visto que sentirse capaz en la escalada continúa siendo un reto para muchas mujeres en un entorno donde los estereotipos de género siguen presentes. Este manual propone una mirada con perspectiva de género para construir espacios de escalada más seguros e inclusivos”.
Estereotipos de género en la escalada deportiva
La escalada es una actividad en la que cada persona puede encontrar su propia manera de moverse, enfrentarse a una vía o bloque desde sus capacidades y construir una relación particular con su cuerpo. Probablemente esa sea una de las razones por las que tantas personas encuentran en este deporte una forma de expresión y pertenencia.
Sin embargo, ninguna comunidad se construye únicamente a partir de los valores que declara. También se construye a partir de las prácticas cotidianas, de las conversaciones, de las imágenes que circulan, de aquello que se premia y de aquello que se deja pasar. Incluso de situaciones que, después de verlas muchas veces, dejamos de considerar llamativas.
Esto resulta especialmente relevante cuando hablamos de género, sexualización y cuerpo. Porque no siempre nos encontramos con conductas evidentes o fáciles de identificar. Muchas veces aparecen en comentarios aparentemente inofensivos, en expectativas que damos por sentadas o en formas de relacionarnos que hemos aprendido a considerar parte del ambiente.
El cuerpo que escala y el cuerpo que observamos
La escalada exige una conexión constante con el propio cuerpo, porque dependemos de él para resolver movimientos, pero también estamos constantemente expuestos a observarlo y compararlo. La ropa ajustada, la exposición corporal, la musculatura, el peso o determinadas características físicas pueden adquirir una relevancia que va mucho más allá de su función durante la escalada.
Esto no significa que preocuparse por el cuerpo o hablar de él sea necesariamente problemático. El cuerpo forma parte de la experiencia deportiva y existen características físicas que pueden ser relevantes para el rendimiento. El problema aparece cuando comenzamos a reducir la experiencia corporal a una cuestión de apariencia o cuando determinados cuerpos empiezan a considerarse más apropiados que otros para escalar.
El problema aparece cuando comenzamos a reducir la experiencia corporal a una cuestión de apariencia o cuando determinados cuerpos empiezan a considerarse más apropiados que otros para escalar.
La relación entre la práctica deportiva y la imagen corporal es compleja y depende, en parte, de las características del contexto deportivo. Si bien la participación en el deporte puede asociarse con una imagen corporal más positiva, determinados entornos y demandas vinculadas al rendimiento, la apariencia y los ideales corporales pueden favorecer una mayor preocupación por el cuerpo.
En escalada esto merece especial atención porque existe una tensión interesante entre dos maneras de relacionarnos con el cuerpo. Por una parte, podemos experimentarlo desde su funcionalidad: cómo se mueve, qué puede hacer, cómo se adapta y cómo nos permite resolver un movimiento. Por otra, podemos comenzar a observarlo desde fuera, preguntándonos si tiene la apariencia que asociamos con un buen escalador o escaladora.
Esta preocupación por la apariencia puede hacer que el cuerpo comience a evaluarse en función de cómo se ve, además de lo que puede hacer. En un deporte donde el cuerpo es una herramienta central para percibir, resolver y moverse, esta mirada puede desplazar la atención desde la experiencia de escalar hacia la valoración del propio cuerpo.
La sexualización no siempre es evidente
Cuando pensamos en sexualización, probablemente imaginamos situaciones bastante claras: comentarios sexuales, insinuaciones o imágenes deliberadamente provocativas. Sin embargo, la sexualización también puede producirse de formas menos evidentes, especialmente cuando una persona es observada o valorada principalmente a partir de su apariencia, atractivo físico o cuerpo, en lugar de aquello que está haciendo.
Esto es relevante en el deporte porque las mujeres deportistas han sido históricamente representadas de manera diferente a los hombres. En los medios deportivos, su apariencia, vestimenta y feminidad han recibido una atención que con frecuencia no tiene el mismo peso en la representación de los hombres. Estas formas de representación contribuyen a reforzar determinadas expectativas sobre cómo debería verse y comportarse una mujer deportista.
En escalada, estas dinámicas pueden aparecer en situaciones cotidianas y no necesariamente de forma pública. Pueden manifestarse, por ejemplo, al atribuir el rendimiento de una persona a su tipo de cuerpo, recomendarle cambiar su peso para escalar mejor, comparar físicamente a distintas escaladoras o hacer comentarios sobre su musculatura, ropa o apariencia. También pueden aparecer cuando se considera que existe un determinado “cuerpo de escalador” o cuando ciertas características físicas son valoradas como más deseables que otras. Aunque algunos de estos comentarios se presenten como observaciones sobre rendimiento, preocupación o incluso como cumplidos, siguen situando el cuerpo como objeto de evaluación.
En escalada, estas dinámicas (…) pueden manifestarse, por ejemplo, al atribuir el rendimiento de una persona a su tipo de cuerpo, recomendarle cambiar su peso para escalar mejor, comparar físicamente a distintas escaladoras o hacer comentarios sobre su musculatura, ropa o apariencia
No significa que toda observación sobre la apariencia sea sexualización. El contexto importa, así como la relación entre las personas y el significado que tiene ese comentario. Pero sí resulta necesario preguntarnos por qué determinadas características reciben tanta atención y qué ocurre cuando la apariencia comienza a adquirir más importancia que aquello que la persona hace, especialmente cuando se trata de mujeres.
También existen expectativas sobre cómo se debería escalar
El sexismo no siempre se expresa de forma explícita, sino que también puede estar presente en las expectativas y estereotipos que tenemos antes de observar el desempeño de una persona. En escalada, estas ideas pueden influir en la manera en que anticipamos sus capacidades, el nivel que esperamos que alcance o incluso la dificultad que creemos que podrá resolver, dependiendo de si se trata de un hombre o de una mujer.
Durante mucho tiempo, determinadas cualidades asociadas al deporte –fuerza, potencia, agresividad, resistencia al riesgo o capacidad para enfrentarse físicamente a una situación exigente– han sido vinculadas culturalmente con la masculinidad. Esto puede generar una contradicción particular para las mujeres que desarrollan precisamente esas capacidades dentro de la escalada: cuanto más se alejan de determinadas expectativas tradicionales sobre la feminidad, más necesario puede resultar demostrar que siguen perteneciendo a ese espacio.
Las experiencias de mujeres escaladoras han permitido observar precisamente este proceso de negociación con las normas de género. En contextos de escalada de alto nivel, aparecen experiencias en las que las participantes cuestionan, reproducen o resisten expectativas asociadas a lo femenino y a lo masculino dentro de la cultura de la escalada, mientras construyen su identidad como deportistas.
Esto permite entender que el problema no siempre consiste en decirle directamente a una mujer que no puede hacer algo. A veces consiste en que tenga que demostrar con mayor frecuencia que sí puede. Y existe una diferencia importante entre ambas cosas.
¿Quién tiene que demostrar que pertenece?
Quizás una forma interesante de observar una cultura sea preguntarnos si todas las personas sienten que pueden ocupar un lugar en ella con la misma naturalidad.
En la escalada, esto puede aparecer en situaciones cotidianas. Por ejemplo, cuando se tiene que justificar una decisión, acreditar su experiencia o mostrar esfuerzo más para que las capacidades sean reconocidas.
Esto no significa que todas las mujeres experimenten la escalada de esta manera ni que todas las interacciones entre hombres y mujeres estén determinadas por el sexismo. Tampoco significa que cualquier diferencia en una experiencia deportiva pueda atribuirse al género.
Pero sí sabemos que las experiencias individuales ocurren dentro de una cultura que transmite determinadas expectativas sobre quién sabe, quién tiene experiencia y quién es considerado competente. Estas expectativas pueden influir en las oportunidades que tenemos, en lo que esperamos de nosotras mismas y en la forma en que interpretamos nuestras propias capacidades.
Esto no significa que todas las mujeres experimenten la escalada de esta manera ni que las interacciones entre hombres y mujeres estén necesariamente determinadas por el sexismo. Tampoco toda diferencia en la experiencia deportiva puede explicarse por el género.
Pero sí sabemos que las experiencias individuales ocurren dentro de determinados entornos sociales. Y esos contextos pueden influir en las oportunidades, expectativas y formas en que interpretamos nuestras propias capacidades.
Incluso la investigación científica sobre escalada refleja parte de esta realidad. Una revisión de 298 estudios publicados entre 1973 y 2023 encontró que las mujeres representaban solo el 36 % de los participantes y que el 31 % de los estudios había incluido exclusivamente hombres. Esta brecha es especialmente marcada en la investigación sobre escaladores de alto nivel. Una revisión publicada en 2026 encontró que las mujeres representaban solo el 22,7 % de los participantes en este tipo de estudios.
Esta distribución también condiciona el conocimiento disponible sobre el deporte, ya que existe mucha más información sobre la experiencia de los hombres en la escalada que sobre la experiencia de las mujeres. Sin embargo, esta realidad está comenzando a ser vista de manera más sistemática y cada vez aparecen investigaciones que buscan comprender mejor las experiencias y necesidades de las escaladoras.
Lo que dejamos pasar también comunica
Puede ser difícil reconocer que una cultura no está compuesta solamente por aquello que hacemos, sino también por aquello que permitimos. Por ejemplo, una persona hace una broma sexista y el resto continúa la conversación. Una escaladora expresa incomodidad y se interpreta como una exageración. Alguien invade el espacio personal de otra persona bajo la idea de que “así se enseña” o “no fue para tanto”. En cada una de estas situaciones existe algo más que la conducta individual. Existe también una respuesta colectiva.
Las formas en que se expresan el sexismo no dependen únicamente de las características o intenciones individuales. También están influidas por las relaciones que establecemos, las posiciones que ocupamos dentro de un grupo y las normas que se van construyendo y reproduciendo en una comunidad deportiva. Desde esta perspectiva, transformar estas dinámicas no es solo una tarea individual, sino una responsabilidad compartida por quienes forman parte del entorno deportivo.
Reconocer para comprender
Hablar de estas situaciones no debería significar asumir que cada comentario es mal intencionado o que cualquier equivocación convierte a alguien en una persona sexista. Las relaciones humanas son más complejas que eso. Podemos no darnos cuenta de que algo resultó incómodo. Podemos reproducir una idea que nunca nos habíamos detenido a cuestionar. También podemos escuchar cuando alguien nos señala algo, revisar nuestra conducta y modificarla.
Hablar de estas situaciones no debería significar asumir que cada comentario es mal intencionado o que cualquier equivocación convierte a alguien en una persona sexista. Las relaciones humanas son más complejas que eso
De hecho, una cultura respetuosa debería permitir precisamente eso, reconocer que nadie está completamente libre de sesgos y que aprender a relacionarnos de otra manera forma parte del proceso.
El objetivo no es crear una comunidad en la que las personas tengan miedo de hablar. Es construir una comunidad en la que podamos hablar de aquello que ocurre sin que la primera respuesta sea negar, ridiculizar o justificar.
Por eso, quizás una de las tareas más interesantes no sea intentar definir de una vez y para siempre qué comportamientos pertenecen a una “buena” o “mala” cultura. Puede ser más útil desarrollar la capacidad de observar aquello que hacemos habitualmente y preguntarnos de dónde viene, a quién beneficia, a quién puede dejar fuera y si realmente queremos seguir reproduciéndolo.
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