¿Un libro más de gestas alpinas? Nada que ver. Primero, porque ni siquiera lo escribió él, Renato Casarotto, sino su mujer (que fue mucho más que su mujer). Goretta, además de formar cordada con su marido en muchas escaladas (como el Gasherbrum II), fue el ancla que le sostenía en el campo base cuando se marchaba –casi siempre solo, muchas veces en el riguroso invierno– en busca de sus sueños en las alturas. Juntos hilaron una vida de cumbres, esperas, aprendizajes, renuncias y sentimientos compartidos.
Renato le puso su nombre al afiladísimo pilar del Fitz Roy, para muchos la vía más bella de toda la Patagonia y durante muchos años considerada una de las escaladas en solo más emblemáticas realizadas nunca. La abrió en 1979; se habían conocido cinco años antes, cuando tenían apenas 25 años, y ya no se separaron más.
Goretta le ayudaba en la logística de las expediciones, lidiaba con la incertidumbre y el ansia de la espera mientras él escalaba, y duplicaba la alegría de la vuelta.
En la tremenda pared del Huascarán Norte, en la peruana Cordillera Blanca, Renatto sintió las fuerzas que Goretta le enviaba por radio cada noche desde su tienda, al pie de la montaña. La difícil apertura en solitario se prolongó diecisiete días, en los que solo uno hizo sol.
Aún más tensa fue la espera cuando, en el gélido Denali, en Alaska, tuvo que lidiar con una peligrosa ruta de cornisas amenazantes, dejando detrás la The ridge of no return (la arista sin retorno). Pero volvió. Tenía que volver, porque los brazos de Goretta le esperaban.
Aunque ella misma no se consideraba alpinista, fue la primera mujer italiana en subir un ochomil, el Gasherbrum II en 1985, porque con Renatto todo era posible. Compartieron muchos más viajes por las Rocosas canadienses, Yosemite, Karakorum o también por Dolomitas, cerca de casa –él era de Vicencio, ella de Verona– y sobre todo reflexiones sobre el mundo al que pertenecían, fuera y dentro de las montañas. Así que sobre todo es una historia de amor, de amor al otro y a las montañas y a la intensidad que representan. Goretta lo publicó en 1996, diez años después de que el cuerpo de su marido se quedara en el K2. Se había bajado cerca de la cumbre por las malas condiciones y, a solo unos 20 minutos del campo base tuvo una caída en una grieta de la que no pudo sobrevivir. Pero su presencia seguía muy viva así que ella plasmó todos sus recuerdos, anécdotas y pensamientos, mezclados con los diarios que Renatto dejó escritos, como una partitura a cuatro manos, en este libro Una vida entre montañas, que por primera vez nos llega traducido al castellano. Una suerte.






